Cuando en el Antiguo Testamento Dios dice de sí mismo: “Yo… el primero”, subraya así su divinidad. No hubo nadie antes que Él. Él era desde el principio. Como Dios eterno, no tiene un principio. En el sentido absoluto, Él es el primero; y en toda parte donde se hable de Él, debe ser el primero. Cuando el Hijo de Dios fue hecho hombre y vivió en la tierra con el nombre de Jesús, en muchos aspectos era el primero y debía serlo, porque ese humilde hombre era al mismo tiempo el Dios eterno: Dios y hombre en una persona. “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16). “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Colosenses 1:15). Engendrado por el Espíritu Santo en la virgen María, Él fue su primer hijo. Al final de su servicio oficial entró en Jerusalén montado en un asno, “en el cual ningún hombre” había montado (Marcos 11:2). ¿Qué dice la Escritura del sepulcro labrado en la peña donde su cuerpo fue puesto después de su muerte en la cruz? “En el cual aún no se había puesto a nadie” (Lucas 23:53). Como primero fue colocado en aquella tumba, y la dejó como “el primogénito de la resurrección de los muertos” (Hechos 26:23). En el libro del Apocalipsis el Señor Jesús se llama a sí mismo tres veces “el primero”. Él es la misma persona: el Señor como el primero en el Antiguo Testamento y Jesús como el primero en el Nuevo Testamento. ¿Es Él también el primero en nuestra vida, y el objeto de nuestra adoración?