Alguien ha escrito y con sobrada razón: “La oración es fuente de poder”. La iglesia del siglo veinte debe ser una iglesia de oración; debemos restaurar los altares rotos; sufrimos un síndrome más, el de la oración.Al estudiar la vida y obra de Jesús vemos que él hizo de la oración, una práctica diaria. No sólo enseño a orar sino que hizo de la oración una dulce devoción. Oró en los momentos alegres así como en los más difíciles; siempre oró. Con razón, el gran apóstol Pablo nos exhorta a “orar continuamente”.Los apóstoles de Jesús hicieron de la oración un altar.Habían aprendido bien la lección. Todos los apóstoles hablan de la oración. Enseñan a la iglesia a orar, mandan que se ore por todos los hombres —por los grandes, por los pequeños; por los ricos, por los pobres; por los blancos, por los negros, por los amarillos y hasta por los “rojillos”.Con cuánta razón el himno nos dice: “Dulce oración, dulce oración, de toda influencia mundanal, elevas tú mi corazón al tierno Padre celestial”.La iglesia de Cristo del primer siglo era una iglesia de oración:“Perseveraban… en las oraciones” (Hechos 2.42). “Y ellos, habiéndolo oído —la liberación de Pedro y Juan— alzaron unánimes la voz a Dios” (Hechos 4.24). “Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7.60).

